Probó un poquito

Gabriel de Biurrun Baquedano · Barañain (Navarra) 

La tercera vez que Papá murió ya no despertó más veces. Dejó escrito, ante un notario y un testigo, que debíamos prohibir cualquier intento de reanimación “por parte de aquel a quien correspondiere, así como cualquier autopsia o exhumación”… Sabíamos que Papá ocultaba en algún sitio un enorme montón de doblones de oro, herencia de un tatarabuelo soldado. Habíamos utilizado dos veces su alergia letal a las gramíneas; por dos veces esperamos en su lecho de muerte a que el maldito flaco correoso confesara; y por dos veces tuvimos que reanimarlo al ver que no hablaba. Al morir Papá por tercera vez, su abogado, avergonzado, leyó sus últimas palabras, toda una declaración de principios: “Conocedor de vuestra deplorable avaricia, me veo obligado a deciros, hijos míos, que éste, gordito, gordito, se lo comió todito, todito”. Así que decidimos no incinerar su cuerpo abultado, que pesaba una barbaridad.

 

 

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