Mi renuncia

Adelaida Pérez Medrano 

15 personas en una sala de la jefatura de policía, 30 de agosto, afuera un sol de justicia. Conforme me asomo a la sala el calor de la humanidad reunida me abofetea en la cara. Todos testigos directos de un robo con violencia a una abuelita que deja al ladrón inconsciente con estudiado golpe de defensa personal. Acalorados y sudorosos esperan prestar declaración. ¡Cuánto papel escrito en vano! Un anciano dormido, unas monjas enclaustradas en la silla, una madre narradora de batallitas de su hijo, soldadillo con varias peripecias a sus espaldas, amas de casa a las que se les pasa el arroz, una nariz roja perteneciente a un joven con aguda alergia reactiva que se debate entre pañuelos propios y ajenos. Tras 20 años de ejercer la abogacía sentí que no soportaba un sólo caso más incluyendo éste, el de mi defendido cliente inconsciente. Me voy antes que despierte.

 

 

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