Subvención fraudulenta

Francisco Pi Martinez · Santander (Cantabria) 

Desorientado por completo, sin entender nada, un pobre campesino arrancado de su entorno y lanzado, casi violentamente, a la sala de aquel juzgado de primera instancia, apretaba la boina entre sus manos, pedía disculpas, balbuceaba y tardaba en contestar las preguntas de los abogados. “Sí, él siempre había vivido en el pueblo”. “No, nunca se había dedicado al cultivo de la remolacha. Le habían dicho que obtendría un buen beneficio y decidió cambiar”. “No, no sabía lo que era una subvención”. “No, él nunca había hecho mal uso del dinero”. “¿Multa? ¿25.000 euros? Pero, ¿cuál era la falta? Él no había hecho nada. ¿De dónde iba a sacar ese dinero?”. Prácticamente lo empujaron fuera de la sala. Su causa estaba ya sentenciada. Estorbaba allí con su boina y su patético desamparo. En otro lugar, un politiquillo sin escrúpulos saboreaba satisfecho un gin-tonic. Él sí sabía dónde estaban aquellos 25.000 euros.

 

 

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