REDENCIÓN

Francisco Javier RODRíGUEZ BARRANCO · TORREMOLINOS (Málaga) 

Les aseguro que, entre Serrano y Velázquez, mientras repasaba una memoria rutinaria sobre desahucios, la grabación metálica que anuncia las estaciones carraspeó ligeramente y se disculpó, aunque los demás pasajeros no lo oyeran, o fingieran no oírlo. Otro día susurró que prefería la costa a la montaña; en cierta ocasión me previno de una manifestación en la Castellana, pero siguieron luego mensajes vagos en jornadas sucesivas (“In dubita pro referéndum”, “Pacta sunt servanda”: incongruencias por el estilo). Inseguro por naturaleza, temí que hubiera desaparecido mi buena estrella, pero ayer, por fin, tan ansiada voz propuso planes: “¿Nos vemos este finde, Pedro?”. Ahora, cuando ya es viernes, las cuestiones del bufete me parecen irreales, camino ilusionado desde el Cercanías de Recoletos hacia el metro en Colón y me pregunto si preferirá un vegetariano u otro de la nouvelle cuisine. La soberbia estatua de Valle-Inclán me guiña un ojo al pasar.

 

 

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