¿MITO O REALIDAD?

MARÍA GARCÍA DE ARRIBA · LEÓN 

Sospechábamos que era el asesino. Pero, sin el arma homicida, nadie había conseguido nunca probar su culpabilidad. La lista de sus víctimas era extensa: fiscales, abogados, imputados, algún conserje despistado… Los delitos cometidos podían ser de lo más diverso: alegatos poco documentados, incorrecciones gramaticales, una palabra de más… El veredicto no se hacía esperar: alzaba lentamente la cabeza, se despojaba de sus gafas ahumadas, fijaba su inerte mirada sobre el causante del oprobio y plasmaba en su sempiterno cuaderno gris un símbolo que bien pudiera ser una cruz. Parecía cosa de locos: presentíamos que en ese mismo momento lo había sentenciado, que no tardaría en sufrir el «rigor mortis», pero nadie osaba verbalizarlo. Fallo cardíaco, dictaminarían los forenses. Y allí seguía el temido “Medusa”, recién cumplidos los 80, aferrado a su toga. A ver quién era el guapo del Comité de Jubilaciones que le negaba la prórroga. Por si acaso.

 

 

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