Malditos prejuicios

Esteban Torres Sagra · ébeda 

Era enorme y me pareció más peligroso que meter la mano en una pecera de medusas: Cicatrices faciales, calaveras tatuadas en los biceps a modo de comité de bienvenida y unas siniestras gafas de asesino a sueldo. Lanzó el llavero de su Harley sobre mi portafolios y le produjo una herida irreparable. Me replegué en el sillón y perdí la mitad de mi masa corporal, aunque quise reaccionar con coraje al oprobio de mi cobardía como un equipo campeón que va perdiendo al final de una prórroga: Abrí mi cuaderno para apuntar y junté energía para preguntarle qué deseaba. Entonces aquella mole se apoyó sobre la mesa, acercó su boca a un palmo de mí y, con una vocecilla atiplada- inimaginable en aquel rudo corpacho- entre sollozos, dijo: ¡No me permiten entrar con mi perrita Frufrú en el Carlton y quiero interponer una demanda?!

 

 

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