El compromiso de un abogado

Rosa María Lorente Gil · ALICANTE 

Se había pasado toda su vida argumentando. Todo un experto en razonar, esgrimir, justificar y debatir. Como buen abogado cada palabra obedecía a un fin, disfrutaba con el trajín de organizar su mente, distribuir ideas y por fin, encontrar la solución jurídica adecuada a los intereses de su cliente. Pero sus demandas, excelentemente redactadas, y sus discursos ejecutados con maestría, carecían de pasión. Los ojos más melancólicos del juzgado. Alejado de la realidad social, y en plena búsqueda de sí mismo, el impecable orador, regresó al hogar. En un minuto, no se sabe cómo, y ante la inmensidad del horizonte marino de su niñez, comprendió que la lucha estaba en los Juzgados. Junto al mar presentó su más sentido desistimiento. Adiós al tedio. Y junto a él, un compromiso. Juró, por su conciencia y honor, defender una justicia para todos.

 

 

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