DA IGUAL PERDER

F. Javier Franco Miguel. · ALMERíA 

¡Fatal contrariedad! El ocaso de mi vida comenzó con un jolgorio, en el cóctel que siguió a la junta de accionistas del bufete. La titularidad de mi acción daba únicamente derecho a un voto, pero mi voto era decisorio, porque en aquella junta las posiciones mayoritarias estaban igualadas. Así, sin saber cómo, me había convertido en un socio preferente, y me decanté por la dádiva más apetitosa. Entre copa y copa iba a cobrar mi comisión. La comisión era rubia, de ojos gatunos, cuerpo estilizado y sensual. En la habitación del hotel, alejados del bullicio del disco-pub, acabó mi recuerdo. Desperté con la llamada de la policía judicial, abrí y sobre la mesilla un sobre delataba la aceptación del soborno, en un medio de pago que no era el pactado. Me traicionó mi propio pagador: “da igual perder, pero no nos podemos fiar de quien se vende tan fácilmente”.

 

 

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