Con la toga por montera

Lidia Molina Gómez · Benidorm (Alicante) 

Sudor frío. Voz carraspeante. Taquicardia galopante. Desde que emprendí la ardua senda del jurista había tratado irremediablemente de posponer este momento. Mi primera asistencia como letrada. Y aquí estoy, en sustitución de un compañero de despacho, efectuando un minucioso cálculo de mis posibilidades de éxito. Imaginaba que la labor del abogado en Sala era como la que enfrenta un torero: ¡cuestión de coraje! Allá vamos, me lanzo al ruedo ataviada con un traje de luces que no me transmite la entereza que esperaba. Sujeto mis códigos con tal firmeza que se tornan extensiones de mis manos. Me esfuerzo por esquivar las embestidas del contrario mientras la tensión se desdibuja de mi rostro dando paso a un semblante circunspecto. Culmino la faena. Abandono el estrado sin la certeza de haberme ganado el derecho a salir por la puerta grande. Poco importa. Nadie renuncia al “paseíllo”, yo tampoco. Ni falta hace.

 

 

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