COCIDITO MADRILEÑO

ISABEL AJAMIL ARRIETA · MADRID 

Desde la puerta de la cocina, Peláez, cocinero a un mes de jubilarse, observaba taciturno el animado jolgorio de la mesa 12 entre Fortunato, director bancario, y Justino, el abogado que le llevó aquel asunto de las tierras expropiadas por el AVE que diezmó el patrimonio de sus padres agricultores. El chico le caía bien, aunque la irrisoria indemnización no cubrió la nostalgia de Peláez por sus campos. Ayer Fortunato zanjó sobre las inversiones que Peláez realizó aconsejado por Justino para el ocaso de sus días:“mire, es el riesgo del accionista…. Y de las preferentes… ¿qué espera?, la titularidad es suya,…. aquí está su firma. Si Ud no es capaz de entender lo que compra venga con su abogado” . Peláez musitó mirando hacia la 12, “¡claro que nos vamos a encontrar!”…, calculando el tiempo que precisaría la toxina botulínica en el cocido madrileño que los tres habían compartido.

 

 

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