Ad sidera visus

Alba Mª López López · Madrid 

A falta de otra distracción en aquella sala ocre, María Luisa se sintió llamada a romper el silencio: – Ayer, al ponerse, el sol parecía una remolacha, ¿sabe?. Una pelota grande y oscura cayendo al suelo, salpicándolo todo. La indiferencia de su compañera de asiento no pareció importarle y prosiguió: – Hoy, sin embargo, hay viento y las nubes están altas… – Disculpa… [Giró la cabeza y, tras ella, vio unas gafas que ocultaban un rostro de estopa]. Sí, tú. ¿Es que en tu pueblo habláis siempre a voces? Esto es un juzgado de primera instancia, no una feria. Con los labios apretados y la mirada baja, María Luisa atinó a musitar un levísimo “Estoy esperando a mi abogado”, al tiempo que imaginaba la marea del crepúsculo tiñendo aquellos sucios pasillos de violencia carmesí

 

 

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