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JESÚS LLOP PUIG 

¡Qué discurso!
Había oído defensas vehementes, o muy bien estructuradas, pero lo de ese joven rompía la baraja. Las palabras de nuestra lengua sonaban en sus labios frescas, relucientes, como si nunca antes hubiesen sido pronunciadas. Sus frases —todas sus frases— tenían la suavidad de un verso y la contundencia de un titular. Había sustituido, en el último momento, al abogado de Sixto Rojo. Oí algo de que había estudiado en el extranjero; en Italia, creo. Le había quedado un acento peculiar, dulce como el italiano pero, no sé, más solemne. Tenía una forma incomparable de decir In dubiis abstine o exceptio veritatis.
Sin apenas estudiar el sumario, ganó el caso. Me impresionó. Lo busqué —sin éxito— en el anuario digital del Colegio.
Dos o tres semanas más tarde me crucé con él. “Te vi en el juicio. ¿Cómo te llamas?” “Tulio; Marco Tulio.”

 

 

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