EL EMPUJONCITO

Miguel Ángel Gayo Sánchez · Sevilla 

Entré en el despacho del abogado con acusado optimismo, después de que un amigo de la feria de muestras me lo recomendase: “No hace encaje de bolillos, pero los testamentos los ata bien”. Le conté mi caso: “Ya me entiende, un cigarro tras otro, así durante años. Me quedan dos meses, máximo tres”. Le dije que ese era el motivo por el que mi esposa y yo decidimos contratar un seguro familiar que cubriese cualquier contingencia. “Queremos reflejarlo en el testamento y evitar problemas”. El abogado resultó ser un tipo listo y no se creyó la historia. “¿Cómo piensa asesinar a su mujer?”, me soltó impasible. Le dije que teníamos un barco: “Bastará un empujoncito”. El abogado se sonrió y apagó la grabadora que ocultaba. En ese momento entró la policía. “Creo que su mujer y su amigo se le adelantaron y le han dado a usted el empujoncito final”.

 

 

 

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