AJADA Y SOLA

RAFAEL GAVILAN CASTRO · CORDOBA 

Como una obsoleta atracción de feria malvivo en este armario, desde que un letrado me abandonó hace años. Los que me solicitan a última hora, maldicen ofuscados por haber olvidado la suya en casa o en la lavandería, o en una fiesta de disfraces en un barco, como le ocurrió al fiscal Meléndez. Se lo contó a Santamaría antes de una vista, mientras éste le reía la gracia a mandíbula batiente. Pero a quien más temo es a Contreras, el laboralista, quien siempre me quema con el cigarro el encaje de los puños, y así estoy, que doy pena. A mí, veterana insigne, testigo en mil causas, se me trata con la misma displicencia que a un acusado de homicidio. Yo, la más desdichada de las togas, que debería ser un objeto de culto y veneración en esta sala, me marchito como vulgar substituta, ajada y sola.

 

 

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