Perdición

Rafael Gav · California (EEUU) 

Aquella fue la personación más inolvidable que se produjo nunca en mi despacho, señoría. Entró como si flotara, leyó el título que colgaba sobre mi mesa y me clavó la mirada. Su marido -que me había contratado recientemente para gestionar su divorcio-, no le había hecho justicia en su descripción atropellada y balbuceante. Se sentó en mi silla de diseño, segura, retándome con la mirada. La vista de aquella mujer hermosísima me perturbó. Mientras hablaba, yo seguía entontecido la curva sensual de su boca. Sentí un cosquilleo en el cogote, como si alguien de otro mundo me estuviese mandando una señal de alerta. Pero yo, señoría, que no requería de ninguna asistencia, me basté a mi mismo para caer en el lazo infame de su seducción. Lo de su marido fue idea suya, como dije antes. Yo sólo la ayude a transportar el cadáver.

 

 

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