Cupido entre rejas

Amparo Pinazo Gamir · Valencia 

Aquello fue una señal. Cuando entré en el locutorio de prisión para preparar la vista de uno de los innumerables robos con fuerza de un cliente nuevo del turno. -¡Vaya!-, me dijo con acento calé, -¡una abogada guapa, por fin!- Su aspecto parecía de diseño, alto, moreno, fibroso, camiseta raída, vaqueros desgastadísimos y asombrosamente aseado. Robaba desde pequeño, me contó. Había consumido, pero ahora estaba limpio. Hablamos hasta la noche. Un funcionario me advirtió respetuosamente que el interno se había saltado dos recuentos. A partir de entonces firmé los escritos de personación en todas sus causas. Le aplicaron la triple de la mayor y a los cuatro años salió a la calle. Yo lo esperaba en la puerta más nerviosa que en mi primera asistencia al detenido. Lo miro, ahora, como baña a los niños, mientras preparo la cena, y me parece que ha pasado una eternidad desde aquel día.

 

 

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