Soñé

Amaia Uña Orejón 

Me paré entre el tumulto que había a las puertas del juzgado. Con dificultad divisé a una niña china, de unos cinco años, que yacía sobre el adoquinado con la boca entreabierta y cubierta de espuma, estaba convulsionando. La ambulancia venía de camino y su madre entre sollozos hacía aspavientos para que dejásemos espacio. Con mal cuerpo entré en el juzgado y mientras me ponía la toga, intentaba encontrar algún argumento para no tener que hacerlo. La madre de esa niña era mi demandado. Represento a una farmacia que ha despedido a esta trabajadora de su almacén porque descubrieron que había robado un par de cajas de medicamentos. Su hija tiene una enfermedad de las denominadas raras y el sueldo miserable que le pagaban no podía cubrir ni la mitad de todo lo que necesita esa niña. Me siento escoria. Cuando fui becario soñaba con defender causas más nobles.

 

 

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