Justicia cocinera

Ramón Vigil Fernández · Madrid 

Los agentes que vinieron a practicar el desahucio entraron en casa sin ningún tipo de problema. Me había prometido que no derramaría ni una lágrima y así fue. Aquel abogaducho había estafado a toda la comunidad, hablándonos de doctrina, jurisprudencia, del Tribunal Europeo… hasta que, como ovejitas, le seguimos sin comprender ni una palabra de lo que decía. “¿Cuánto les cobró?”, preguntó uno de ellos. “Seis mil euros por vecino, y somos cien”. “Aún no le han encontrado”, dijo el otro, “estará en Cuba dándose la buena vida con vuestro dinero”. “Seguramente… pero por favor, permítanme invitarles a un plato de pato sobre una salsa de pera conferencia antes de irnos”. Acababan su turno y se quedaron. Dos horas después, según me ayudaban a bajar mis pertenencias aún seguían ensalzando mi estupendo guiso. Nunca les llegué a confesar que el abogado estaba más cerca de lo que se imaginaban.

 

 

 

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