JUEGOS DE ABOGADOS

MARILUZ ESTɐFANO CIRUJEDA · VALENCIA 

Voy a entrar en la sala con mi socio (amigo mío desde la guardería). Lleva un bronceador en una mano. Lo ha cogido de un bolso de playa que había en la entrada. Le digo que lo deje fuera, pues puede manchar el legajo que trae en la otra mano. No pestañea al argumentarme que puede no ser delito la condonación de una fechoría (¿dónde habrá oído eso?). Dice que si pagamos una fianza, ya no tenemos obligación de presentarnos ante el juez (¡de la que nos habremos librado!). Abro la puerta con decisión. Entramos con paso firme. El señor fiscal levanta la vista de sus papeles. Me mira enfadado. -¿Otra vez llevas puesta, y arrastrando, mi toga?, refunfuñe cabreado. Intentando no parecer asustado, me defiendo: “Papá…, la toga…, aún me está un poco larga…, y…, y es que…, en resumen…, cuando seamos mayores, queremos ser abogados”.

 

 

 

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