CUATRO

José Antonio Fernández Sánchez 

Y yo que le insisto al juez que una sola lágrima ya es suficiente para parar un desahucio. Le empiezo a contar milongas de doctrinas aceptadas en otros juicios que apoyarían mi versión. Y yo que sigo diciéndole que incluso hay conferencias dichas por eminentes letrados que corroboran lo expuesto. Él, con voz de pato y bien alto, para que se oiga perfectamente en toda la sala, dice: Cuá, cuá, cuatro lágrimas, siempre han hecho falta un mínimo de cuá, cuá, cuatro. Y cierra la sesión dando un martillazo a un despistado dedo suyo que le obliga a aguantar la inminente caída de un buen ramillete de gotas.

 

 

 

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