MINUTA

LOURDES ASO · HUESCA 

Había revisado el expediente antes de emitir el veredicto y seguía sin dar crédito al recibo del hotel dónde el acusado de infidelidad llevaba a sus amantes. La juez lo había observado intensamente en el banquillo y pospuso la vista hasta el siguiente lunes, convencida de que no renunciaría a un último capricho. Hizo un pacto en el ascensor con la joven profesional de lujo de su cita clandestina y supo que pagaba por los servicios el triple de su minuta. Perdería el caso pero no podía encerrarlo sin antes comprobar sus virtudes. Decían que volvía la sangre de gaseosa antes de saltar por los aires. Ya le quedaría tiempo a la juez de volver a vestir su toga y aplicar sentencia justa: culpable, al menos de haberse cruzado en su camino.

 

 

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