Ilustración: Juan Hervás


Mandarina

Fernando Vicente Galve · Calatayud (Zaragoza) 

Los habituales del juzgado le llamábamos mandarina; siempre andaba comiendo alguna y el zumo le caía en una corbata barata que apenas le llegaba al ombligo. Parecía omnipresente; encontrabas su enorme ser bamboleando como una campana en cualquier pasillo o apoyado en una columna mientras revolvía en los papeles mal guardados de su abultado cartapacio. Era nuestro entretenimiento favorito entre las vistas: cada vez que nos lo encontrábamos, alguno le preguntaba por un vencimiento o la pena impuesta a sus defendidos. Mandarina dudaba un instante, buscaba una columna donde sostenerse y se ponía a rebuscar entre sus papeles. Nos alejábamos entre risas. Un día ya no lo vi. Por otro letrado supe que lo habían encontrado muerto, una mañana, al pie de una columna. -¿Y qué pasó con su cartapacio?- pregunté, sin querer. Perplejo, contestó: -¿Sabes? Solo había hojas en blanco.

 

 

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