Justa venganza

Luisa Hurtado González · Madrid 

Antonio Pérez Molina. Al oír su nombre, el pasado del que huía me alcanzó. Nos habíamos conocido cinco años antes, yo acababa de casarme y él era el dueño del hotel en donde nos hospedaríamos. Poco después Ana me dejaba, yo hacía un pacto de no agresión con la nueva pareja e iniciaba una nueva vida. Pero la vida es sorprendente. Antonio y Ana se habían separado pronto, en cuanto a él le acusaron de fraude. Y ahora, él era el principal acusado de un asesinato. ¿Mi misión? Defenderle. “Sin rencores”, dijimos cuando nos vimos. “¿Una copa?”, pregunté. “Ya no bebo, ¿una gaseosa?” y nos reímos. “¿Cómo lo ves?” “Bien, lo veo bien, este recibo es la coartada perfecta”, dije guardándolo en una carpeta para perderlo después. Sonreí, dentro de muy poco vería su rostro mirándome desde el banquillo con absoluta desesperación.

 

 

 

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