Hermanos de sangre

Carmen Valencia García · Las Rozas de MAdrid (Madrid) 

Le esperaba en el bar del hotel donde se hospedaba. Mientras aparecía, y lo haría más tarde o más temprano, yo releía nerviosamente la última de las cuarenta y seis cartas que me había enviado, a razón de una por año, en la misma fecha y con el mismo texto. «Estimado colega: Confío en que al recibo de ésta se encuentre bien de salud. Yo, por mi parte, permanezco a la espera de sus instrucciones.» Nos conocimos un verano en un moribundo pueblo castellano donde nuestro único entretenimiento era jugar al escondite en la fábrica de gaseosa de mi abuela, para desesperación de todos sus trabajadores. Era solo un niño, incapaz de imaginar las consecuencias de nuestro pacto infantil. Toda una vida después, agotados los plazos, su perseverancia en cumplirlo parecía más propia de un sacerdote que de un abogado aunque significara acabar sentado en el banquillo de los acusados.

 

 

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