Engañado

Ramón Vigil Fernández · Madrid 

“Esa sentencia no es de recibo”, gritaba indignado el fiscal. “Silencio o le acuso de desacato” respondí mientras miraba a aquella mujer que besaba al hombre que acababa de abandonar el banquillo de los acusados tras mi absolución. Bajo aquel vestido rojo estaba tan hermosa como la primera vez que la vi, bebiendo una gaseosa en el pasillo del hotel. Estaba en una conferencia y ella sonrió antes de entrar en su habitación, dejando la puerta abierta. Fui hacia allí y ella ya estaba desnuda sobre la cama invitándome a descubrir todos los rincones de su cuerpo. Una hora después, desde la puerta del baño, dijo: “sonríe, estás en la tele” y señaló a una cámara sobre la mesita. “Mañana juzgas a mi marido por estafa. Lleguemos a un pacto y tu mujer no sabrá nada de esto”. Ahora, mirándola, pienso que ojala reincida su marido para dejarme engañar nuevamente.

 

 

 

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