El opositor

Javier Martínez Vila · Vigo (Pontevedra) 

Paulatinamente, llegó a sentirse cómodo en aquélla rutina: estudiar, repasar y -finalmente- recitar el temario de judicatura.
Ante el preparador cantaba los temas como una cotorra pero, en la intimidad de su habitación, fueron ELLOS quiénes empezaron a cantar como pájaros y hablar con él; en lenta procesión acudían a saludarle y hasta le arrullaban en sueños. En aquél planeta propio, la armonía sólo se rompía cuando el fallo implacable del reloj le obligaba a salir de su cuarto de estudio abandonando a sus nuevos amigos.
Con el paso de los años, el mejor expediente de la carrera judicial pecó de incauto: confió en aquél psiquiatra ignorante; pero la confianza se tornó en sospecha, obligándole a preservar la intimidad de sus particulares “molinos de viento”; – ¿por qué los llamaba así el difunto matasanos?-, se preguntó con un deje de preocupación, mientras era acariciado por una voluptuosa Ley Orgánica.

 

 

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