Partitura facilona

Pilar Blázquez · MADRID 

Tras recibir la negativa del banco, rescató el viejo saxofón. Rechazaban la dación del piso para saldar su hipoteca. Martín estaba arruinado. Acarició el instrumento y lamentó no haberle dedicado más tiempo, pero entre el máster en expropiación, empleos precarios y las perpetuas oposiciones a judicatura que nunca aprobaría, abandonó las clases cuando aprendía una partitura facilona. Al recordarse deseando adquirir la maestría de Sonny Rollins, introdujo la boquilla entre sus labios. Aunque la ebonita sabía a hiel, Martín se atrevió con la canción. Sonaba tan desafinada como su existencia. Una década después, comentan en el barrio que al pobre Martín le desahuciaron también la razón. Cada mañana, ante la sucursal bancaria que lo embargó, toca incesante la única melodía aprendida, la que musicaliza la historia del afortunado roedor que habita bajo un botón. Eso sí, de tanto interpretarla, Martín ha conseguido darle un delicioso ritmo de jazz.

 

 

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