Un pasante cualquiera

Javier Alós Domench · Barcelona 

Mucha pasantía y poca diversión, pensó el joven licenciado. Su vida se reducía a entablar interesantísimas conversaciones con la fotocopiadora, que no paraba de escupir documentos destinados a morir de aburrimiento, apilados en legajos, simulando un tétrico cementerio de papel. “¡A la huelga!” gritó un día, cuando el revolucionario que llevaba dentro explotó de desencanto. “Pero qué huelga, pichón” – oyó que le decía la secretaria – “que para ir a la huelga, primero hay que trabajar”. “Esta juventud” – se sumó su jefa – “no saben más que quejarse”. “Hambre, si hubieran pasado hambre” farfulló uno de los clientes que esperaba a ser atendido. “Sinvergüenza, vago y maleante” apostilló la recepcionista para rematar la faena. Y así, en cuestión de segundos, se fraguó la cacería del pasante: puyas, dardos y collejas, algún disparo con bala y muy poca comprensión con una especie en peligro de extinción: el pasante.

 

 

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