Realidad maquillada

Yosune Parola Saez · Bilbao 

La huelga del textil tíñó de sangre las calles de la ciudad. El Gobernador, hombre aficionado a la cacería, sacó pelotones de guardias a caballo, que se dedicaron a la caza del pichón con los obreros. Por aquel entonces, yo llevaba la pasantía de Bruñols e Hijos, ilustre bufete ajeno a la hemorragia de la ciudad. Cargado de legajos, me dirigí a la notaria, para legitimar unas escrituras. De pronto la vi, indecisa, en medio de la calle. Era el ser más perfecto jamás observado. No lo dudé. Tiré los bártulos y crucé para ponerla a salvo. Mientras la empujaba firme, pero tiernamente a la vez, debajo de un carro, sentí la hoja vuelta de un sable golpeando mi espalda. Hoy en día es mi mujer, y no tengo queja. Solo me queda un resquemor cuando a la hora de las comidas, coincido con su padre, el ilustre Gobernador.

 

 

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