La presa

Teresa Lagranja Vallés · Castellón de la Plana 

Huelga decir que nunca debí asistir a la cacería, pero fui incapaz de rechazar la invitación de aquel encantador viejecito, padre del ilustre abogado en cuyo bufete había conseguido una pasantía. Entre los participantes, antiguas glorias de la abogacía y la judicatura, el único menor de setenta años era yo. Todos portaban escopetas de caza y cananas repletas de cartuchos. Al preguntar por mi arma, el anfitrión me respondió con sonrisa pícara: No querido, tú no eres el cazador, eres la presa. Compréndelo, estamos aburridos del tiro al pichón. En el minuto de ventaja que me concedieron logré despistarlos y me colé en el sótano. Escondido tras una pila de antiguos legajos, marqué en mi móvil el número de emergencias. Hoy mis adorables ancianos viven en una casa de salud, donde han sustituido las cacerías por arriesgadas partidas de canasta.

 

 

Queremos saber tu opinión