Fulgurante

Manuel Pablo Pindado Puerta · Leganés (Madrid) 

Terminaba mi pasantía en Gómez y Molinero cuando el mismísimo señor Gómez me invitó a una cacería como ojeador, “tarea menor pero imprescindible en el acto cinegético”, según dijo pomposamente. Huelga decir que acepté, encantado de alejarme de carpetas y legajos y cambiarlos por el campo fragante, el sol y el aire en la cara. El señor Gómez avanzaba como un felino escopeta en ristre. Yo, entusiasta en mi papel, susurraba: ‘allí tiene usted una liebre, señor Gómez’, ‘mire ese pichón desvergonzado, señor’, y cosas parecidas. Recuerdo el movimiento rápido, el doble estampido del arma, el grito sofocado pero familiar y sus palabras frías, de cazador experto: “No olvide, Pantoja, que hemos pasado juntos todo el domingo en el bufete”. No he vuelto a darle la espalda al señor Gómez, ni siquiera cuando colgué el nuevo letrero “Gómez y Pantoja” de la puerta del bufete.

 

 

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