El ministro

José María Solís Carpintero · Alcalá de Henares (Madrid) 

El ministro, los pies en la mesa, la cabeza echada hacia atrás, exhaló el humo de su habano mientras hacía un repaso mental a los aconteceres de la jornada: largas charlas con su amigo el juez, una buena comida en el campo y un par de pichones abatidos, que no merecían otra cosa que figurar en el legajo de abortos –tras alguna duda, los había dejado tirados en el campo entre una sabina y una coscoja-. No recordaba una cacería menos fructífera desde los tiempos de su pasantía en Garrido-Castrejana, recién acabada la carrera. Hizo un esfuerzo por volver a la realidad, la huelga que se le venía encima, la primera convocada por jueces en la historia de la democracia, ocupó sus pensamientos. Se le vino a la cabeza las palabras de su abuela: “Marianín, nunca llovió que no escampara”, dio una profunda bocanada a su puro y sonrió.

 

 

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