El desquite

Joaquín Valls Arnau · Barcelona 

En el prestigioso bufete de don Pío se forzaba a los empleados a realizar jornadas de nueve horas, de lunes a sábado. Huelga decir que, mientras tanto, él no se privaba de ir cada semana de cacería y de practicar el tiro de pichón, en compañía de otros prohombres de la villa. Hasta que un día, un joven recién reclutado para labores de pasantía, habiéndose percatado de la costumbre de don Pío de humedecer su dedo índice para pasar las páginas, recordó a los demás el argumento de “El nombre de la rosa” y les propuso un plan. Desde entonces, por riguroso turno espolvorean raticida a dosis ínfimas en cada legajo que entregan a don Pío, y éste sufre frecuentes diarreas cuyo origen los médicos se han visto incapaces de determinar. En cuanto a sus aficiones cinegéticas, hace ya tiempo que las hubo de abandonar.

 

 

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