El cazador cazado

Paula Galán Isla · Bilbao 

La pasantía que me tocó sufrir se basaba en el método del tiro al pichón: los aprendices nos camuflábamos tras algún legajo cuando el titular del despacho, demasiado ocupado con interminables charlas telefónicas o pantagruélicas comidas de etílica sobremesa, recordaba a última hora de la tarde que algo vencía, no, que había vencido ya. Huelga decir que no había montaña de providencias que pudiera ocultar a un pasante jadeante y sudoroso: la cacería no terminaba hasta haber hecho pieza. Pero un día, a base de ocuparme de despidos de última hora, descubrí que las alas se me habían hecho fuertes y sabía volar: la demanda en reclamación de salarios y cotizaciones le llegó el ultimo día antes de sus vacaciones de invierno en Suiza.

 

 

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