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ESTHER DIEZ IGUALADA 

En la sala, la tensión es más que palpable. Casi todas las miradas están puestas en mi cliente. Un indeseable, sí…pero merecedor de un proceso justo como cualquier otro ciudadano, al fin y al cabo.

Esa es de las pocas cosas que no han cambiado.

En la última década, la justicia, así como todo nuestro mundo ha dado un giro vertiginoso. Todo empezó con pequeños cambios aparentemente insignificantes. Crecimiento, dijeron. Ya no era necesario presentar documentación físicamente gracias a NARS, un ambicioso y supuestamente inclusivo proyecto electrónico que prometía reducir exponencialmente la tala de árboles y promover el ecologismo en la justicia. Después, vinieron los cambios en el empleo. Los pasillos de los juzgados, siempre abarrotados de personal, voces y olor a café, se habían ido vaciando cada vez más. Ahora, paneles luminosos y máquinas te proporcionan toda la información que necesitas. Un sistema mucho más productivo, decían.

E inhumano.

 

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