Sentimiento de culpa

Rafael Rojas Gutiérrez · JEREZ DE LA FRONTERA (C¡µDIZ) 

El abogado meneó la cabeza. «No tiene sentido que insista, déjelo estar. Rehaga su vida». Pero yo no podía. Volvía a verme, una y otra vez, aquella noche. El cielo estaba nublado, tras varios días lloviendo, y la ciudad parecía un perro mojado acurrucándose en la oscuridad. Ella se había subido a la barandilla del puente. Yo me reía. Me reí cuando debería haberme enfadado, gritarle que se bajara y acabara con tanta tontería. Sin embargo, de nuevo, me comporté como el pasivo testigo de sus locuras, el espectador fascinado. Era como una llama, tan llena de vida, siempre en movimiento. Como su pelo naranja. Mi preciosa Calabaza. «Fue un accidente», repitió el abogado. Pero yo la ví caer y supe. «No, no puede usted presentar un recurso contra sí mismo para que le condenen. Intente olvidarla». Miré a las llamas en la chimenea. Nunca. Fue culpa mía.

 

 

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