Ni felices ni perdices

Manuel Pablo Pindado Puerta · LEGANÉS (MADRID) 

En aquel sótano del Bronx, oscuro y nublado por el humo de mil cigarrillos rancios, Smith apuró su cuarto Old-Rhino de la mañana y se rascó la entrepierna. Aquella no era el tipo de chica que solía requerir sus servicios. Esta era guapa, tenía todos sus dientes y un cuerpo incitante bajo esas ropas humildes. Lo más extraño de todo era que tenía cara de inocente. Sacudió la cabeza como un rottweiler, intentando concentrarse en su extraña historia: un país lejano, una demanda por conducción temeraria, un zapato robado, algo raro sobre una calabaza… Smith no conocía a esa tal Madrastra pero sí al Príncipe, un camello que operaba cerca del puente de Brooklyn, un cabronazo peligroso y con recursos. Eso disparó todas sus alarmas. Mira, nena, no me interesa. Vete a otro con el cuento. La echó de allí a empujones, aprovechando para sobarla un poco.

 

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