Cara o cruz

Miguel Ángel Armengot Gómez · Valencia 

Ayer te juzgué. Sí, ayer me paseé por tu preciosa cara color calabaza. Accedí por el pelo, que con grandes tirantes permitían mi sigiloso ascenso. Allí absolví a tu nuca, frágil y articulada, preparada para un sí o un no al primer pensamiento. Apliqué el in dubio pro reo, me perdonarás, sobre tu oreja, como te susurré para no dejarte indefensa. Condené sin recurso, eso sí, a tu nariz, cuyo puente me hizo caer, aunque la indulté al pedírmelo tu acolchada boca, a la que besé agradecido. Trepé recompuesto por tus carnosas mejillas, hasta otear tu mirada, nublada por el sueño, que me apresó con los látigos de tus pestañas. Un habeas corpus de tu mano me liberó, y todo esto me llevó a declararte inocente y ayunar. No sé por qué tuviste que matarme. -Y yo no sé por qué hablo con el espíritu de un mosquito leguleyo.

 

 

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