Muerte dulce

Roberto López Vargas · Leganés (Madrid) 

Mientras contemplo mi cadáver, todavía resuenan en mi cabeza sus palabras. “Tranquilo, cariño, tendrás una muerte dulce”, me susurró al oído cuando volvía del estrado. Alta, esbelta y elegante, su pequeña barbilla, sus grandes pómulos y su prominente nariz conferían, sin embargo, a su rostro aspecto de marmota. Aunque de animalillo inofensivo tuviera poco. Escuchó impertérrita como me imponían una fianza de dos millones y luego, cuando el juez le preguntó: “¿Tiene algo que añadir, abogada?”, anunció tranquilamente que “la empresa” la pagaría en el acto. ¡La empresa! Bonito eufemismo. Claro, decir que mis colegas de la “empresa” me querían libre para llevarme al bosque, desnudarme y luego embadurnarme de mermelada para que me comieran las alimañas habría sido poco sutil. Ahora, viendo mi cuerpo medio devorado, pienso que lo que hice debió encolerizar mucho a alguien para que me hayan dado una muerte “dulce”.

 

 

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