Desayuno y fuga

Aida María Rodríguez Rosa · Candelaria (Santa Cruz de Tenerife) 

La azafata pasó ágil recogiendo las bandejas de un tosco desayuno después de siete horas de incómodo vuelo. La pasajera que tenía en el asiento contiguo, ya dormida y con la boca aún rebozando mermelada, cayó con su cabeza sobre mi hombro y el olor nauseabundo que me asaltó consiguió que una arcada recorriera mi cuerpo. Miré al suelo y vi que de su bolso sobresalía una revista jurídica. Bruscamente cambié mi mirada por una de odio a la marmota desdeñada que rozaba mi brazo; en ella vi a mi abogada, la que quería que mañana subiera al estrado, la arpía por la que perdí mi fianza, la culpable de que estuviera en aquel avión.

 

 

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