Un caos relativo

María Esther Lozano Ramírez · Aranjuez (Madrid) 

Es imposible trabajar en casa. Llevo toda la tarde para redactar un alegato y, entre palabra y palabra, he preparado meriendas, cambiado pañales, y atendido llantos y quebrantos. Ni la tele ni los juguetes me han dado tregua. De repente, se ha hecho el silencio. Sospecho que nada bueno está sucediendo en el salón, pero necesito acabar. Por fin, me asomo. Todo está devastado, listo para ser quemado. Como nunca. En medio de la vorágine, la tortuga anda desorientada con un calcetín en la cabeza. Sólo se me ocurren tres opciones: apretar el botón de la lluvia radiactiva; meterme en la cama y esperar a que mañana sea otro día; o sentarme a jugar con ellos y disfrutar de su compañía. Elijo la última y, cuando por fin me acuesto, exhausta, sin ningún indicio de que mañana vaya a ser diferente, doy gracias al cielo por ello.

 

 

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