Papá Noel

Carlos María Novoa Robles · Oviedo 

La llamada de mi amigo Raúl, cerraba dos años de angustia, rabia y desesperación. Letrado brillante y compañero de infancia, tomó las riendas de mi demanda ante la empresa que tras 25 años, me había despedido con indemnización ridícula y acusaciones ominosas. Todo, mis 50,  Altea, mi mujer, en paro, tres hijos en edad  escolar y la maldita crisis, eran indicio de oscuro porvenir. Pero, ¡habíamos ganado!.  Un alegato espléndido,  irrefutable, nos daba razón, restituía honorabilidad y reparación monetaria más que aceptable. Sonó el móvil aquél atardecer víspera de nochebuena. En la pantalla, Luca, el benjamín de la casa, inmortalizado junto a una espectacular tortuga en Benidorm, y su voz al otro lado, dulce, angelical: “papi, ya he puesto el calcetín junto al árbol. Este año he pedido lo mejor para ti”. Le mandé un beso, lloré sonriendo bajo la lluvia e imaginé un risueño Papá Noel togado.

 

 

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