La buena amiga

Gabriel Bevilaqua · Buenos Aires (Argentina) 

A mí me gusta dejarme los calcetines puestos cuando hacemos el amor. A María le encanta hacerlo los días de lluvia. El problema es que a ambos nos desagrada lo que al otro le apetece. Tras numerosas discusiones acordamos aunar lluvia y calcetines. Funcionó hasta que Irene, la amiga abogada de María, le metió en la cabeza que lo mío con seguridad ocultaba alguna patología. Dicho lo cual, le ofreció sus servicios profesionales dado el inminente divorcio que avizoraba. Al saberlo, fui a buscarla y la increpé en medio de un alegato. Me detuvieron, pero Irene intercedió por mí: un indicio de humanidad que no le esperaba. Además, me invitó una copa. Al rato sonó el celular de Irene. Era María. Irene le dijo que no se preocupara, que me había puesto en mi lugar; mientras, clandestinamente, no dejaba de acariciarme por sobre los calcetines con su tortuga de juguete.

 

 

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