Fábula

Manuel de la Peña Garrido · Madrid 

En aquel tiempo dos abogados se disputaban la clientela del reino. Lebrato era ágil, vivaz. En un minuto podía volver del revés un pleito, como un calcetín. Tortuga se echaba a la espalda los autos y los analizaba concienzudamente. Sus parsimoniosos alegatos terminaban por calar en la mente de los jueces, cual lluvia pertinaz. Quiso el destino que ambos se enfrentaran en el mismo proceso. Las gentes cruzaban apuestas. “Triunfará Lebrato; probará los indicios en un santiamén”, aventuraban unos. “Las sentencias cocínanse a fuego lento; el letrado Tortuga convencerá pasito a pasito al tribunal”, pontificaban otros. Cuentan las crónicas que aquél dominó varias sesiones sin cobrar clara ventaja. ¿Quién ganó entonces? Tras recesos, suspensiones, vacaciones judiciales, prórrogas, nulidades y anulabilidades, los dos abogados, ancianos agotados, pasaron a mejor vida. Sus tataranietos prosiguen el duelo. Aún nadie ha dicho “visto para sentencia”

 

 

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