El juez

Pablo González Cuesta · Madrid 

Pego seis botes con derivación en arco, como El Ping¡ino de Goma; troto por el despacho con el cuello torcido y la sonrisa de Lewis Armstrong; arrugo los morros y adelanto el maxilar inferior hasta parecer siciliano; también finjo un estertor febril y doy tres rulos que cierro en rotunda genuflexión con cabeza humillada y dedo divino. Entonces me llama mi mujer para desmentir la noticia: su madre, por fin, sí podrá venir. Vuelvo al buró arrastrando los pies, como una tortuga. Me siento. Contemplo un segundo la lluvia otoñal. Y retomo la lectura del alegato de la fiscalía. El indicio del calcetín robado es suficiente. Guimarí†es es culpable.

 

 

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