El atraco perfecto

Alfredo Casquero · Madrid 

Introducir las joyas en el calcetín, y esconderlas en la tortuga de la niña, no fue el error principal. En su alegato, el abogado se las vio y deseó. Hubiera sido una fácil defensa si no fuera porque las huellas dibujaban toda la casa, los pelos de su alopecia formaban una tupida alfombra, las colillas del cenicero evidenciaron el aprecio por el g¡isqui de la bodega. Y de regalo al detective, la llamada al móvil de su mujer desde el fijo de la víctima, para evitar que la lluvia empapara sus zapatillas nuevas. El agente, al ver la documentación caída mientras hurgaba en el joyero oculto bajo las telas, compartió la carcajada con la dueña. Según el magistrado tanto indicio asustaba. Era el caco más tonto jamás conocido. El ladrón, sin embargo, no pensaba igual: ideó entusiasmado su próximo y magistral golpe. Ahora ya conocía los horarios del juez.

 

 

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