Maternidad

Marcelo Galliano · Buenos Aires 

El plazo había concluido. Él lo sabía: no se podía dilatar más el asunto, los otros camaristas no permitirían más retraso, mañana debía darse a conocer la resolución. Tomó un sorbo de café y otro, prendió un cigarrillo, intentó extasiarse en las fantasmales figuras que bosquejaba el humo y se dijo: “Quizá si propongo postergar el tema… tratar la inconstitucionalidad de algunos impuestos…” Imposible, imposible. Respiró profundamente y en un gesto casi simbólico estrujó entre sus dedos un panfleto de los tantos que los antiabortistas arrojaron a su puerta. Luego, lapicera en mano, estampó su firma en la papeleta que no pudo volver a leer, y se arrojó extenuado en un sillón.

El ruido de la puerta lo sacó de la meditación. Era ella que, con una gran sonrisa tallada en su boca, le dijo al entrar: “Querido, vengo del ginecólogo, tengo una noticia para darte.”

 

 

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