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Ana María Abad García 

El día de nuestro aniversario, al filo del amanecer, se cayó el panel solar del tejado y derribó la palmera bajo la que nos habíamos casado veinticinco años antes. El estrépito fue tal que nos despertó. Yo contemplaba atónita y compungida los destrozos cuando mi marido, rojo de furia contenida, empezó a increparme y a acusar de negligencia letal mi tardanza en cambiar aquel cable que llevaba semanas flojo. Yo respondí que igual se podía haber ocupado él, y en diez minutos de intercambio de gritos airados convertimos la plata de aquellas bodas en peltre oxidado y sin valor. A la mañana siguiente, mi abogado me comunicó por teléfono la demanda millonaria de mi marido por daños y perjuicios y, aunque sus buenos oficios consiguieron el sobreseimiento del absurdo caso, ya nada pudo recomponer los añicos de mi destrozado matrimonio.

 

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