Imagen de perfilLAZOS DE SANGRE

Margarita del Brezo 

Nuestra boda era como todas: los novios, un juez, invitados, el convite. Nada especial que destacar. Ni siquiera teníamos una cláusula prematrimonial de esas de “lo tuyo es tuyo y lo mío, de los dos”. Quizá porque, a parte del amor, solo disponemos de un pequeño apartamento en alquiler que precisa de una reforma urgente. Pero algunos no pensaron lo mismo y, antes de finalizar la fiesta, entraron con palos y piedras y, al grito de “maricones de mierda”, en cuestión de segundos convirtieron la pista de baile en una batalla campal. Una barbarie inexplicable. Pegaban con más odio que fuerza, eso fue lo que nos salvó. Todavía hoy tenemos el cuerpo magullado, aunque lo más doloroso fue ver a mi hermano enarbolando el palo más grande y escupiéndome terebrantes adjetivos descalificativos. Está detenido a la espera de juicio. Ignora que soy yo el que paga su abogado defensor.

 

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