Imagen de perfilEL ENVÍO

Manuel de la Peña Garrido 

Ante las ausencias de la honorable Mallet y del portero de su apartamento neoyorquino -ingresado por apendicitis-, el atolondrado repartidor decidió dejar el paquete fungiforme sobre el lustroso mostrador.

Al conocer quién era la destinataria del inconfundible artículo, los ilustres vecinos reaccionaron diversamente:

“Otro ejemplo de la ola de perversión judicial que sufrimos”, espetó la señorita Spinster, la fría y distante banquera. “Ignoraba que Justine estuviera tan desconsolada; tendré que programar una cita urgente”, resolvió Newhouse, el polémico cineasta, autor del Manifiesto Dionisíaco. “¿Rellenará sinceramente la encuesta de satisfacción del producto?”, se preguntó Marketson, el avispado bróker. “Cuando ascienda al Supremo, sus sentencias serán gozosas”, aventuró Stingstrials, abogado de Drake & Blackbeard.

Mientras, en la sala, Justine Mallet ponía orden con un martillo de juguete. “A ver si llega ya la nueva maza”. La antigua, como el amor a la Jurado, se le había roto de tanto usarla. Impartiendo justicia.

 

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